lunes, 10 de agosto de 2020

La devoradora de almas

 Todos los días recorro los gélidos pasillos del lugar donde quedan presos los sueños, es decir, los muros de soledad de un Centro Penitenciario; lugar donde tengo la oportunidad de impartir clase. A cada paso que doy percibo cómo mis suelas de zapato pisan un sinfín de sueños rotos, sueños que anhelan surcar el cielo azul como águila que juguetea entre las nubes de azúcar, pues los sueños tienen alas y quieren volar.

Suena la sirena, me dirijo al módulo conflictivo de mujeres, el de las guerrilleras. Al cabo de unos días ya se han convertido en mis princesas porque me doy cuenta de que ante mí, tras la máscara de chicas duras, no hay más que seres desangelados que claman a gritos que alguien les tienda la mano para salir de la devoradora de almas, de ese veneno con profundas raíces que se ha incrustado en la mayoría de ellas y de cuyas garras no pueden salir: la droga.

La droga tiene mucha fuerza, más que unos padres que ven con desesperación cómo su hija cae en un precipicio y que, por más cuerdas que le tiran para que salga de él, contemplan con impotencia cómo esta se precipita por el agujero de la muerte. Muchas de ellas tienen hijos y, por muy incomprensivo que pueda parecer, la caníbal de almas tiene incluso más fuerza que sus propios retoños. Niños que quedan "huérfanos" y que, en la mayoría de los casos, luego seguirán el camino que han trazado sus madres. La falta de afecto, la ausencia de su progenitora, se convierte en un vacío tan grande que deja las puertas abiertas a esa mentirosa en forma de polvo blanco o marrón capaz de dar una felicidad pasajera, unos momentos de éxtasis que el cuerpo solo quiere repetir, una y otra vez, hasta que se crea una dependencia tan fuerte que deja a la mente completamente hipnotizada y bajo los efectos de la mentira más grande que ha creado el hombre.

Contemplo con impotencia lo difícil que resulta a estas personas salir de esa tela de araña. Algunas toman conciencia y conseguirán salir, otras recaerán en su intento, mientras muchas otras, por muy cruda que resulte la realidad, morirán bajo los efectos de la devoradora de almas, dejando escapar los bellos amaneceres que nos brinda la vida, con sus retos y apasionantes sueños que nacen en la inmensidad de nuestro ser para posarse como una mariposa en nuestro corazón a la espera de una oportunidad para poder volar. Cuando quieran despertar, se habrán dado cuenta de que la vida ya ha pasado, que los sueños ya no tienen alas, sino que quedarán enterrados junto a ese desdichado cuerpo que dio su vida por la droga convirtiéndose en estatuas de sal, incapaces de despertar de ese letargo eterno.

Prevención, un puente para cruzar montañas, esa es la mejor solución. No coquetear con quien sabes te va a herir, porque no existen atajos hacia la felicidad, sino trabajo y constancia para que los sueños puedan aprender a volar como un aguilucho que el día de mañana se convertirá en una poderosa águila, capaz de codearse con el viento y acariciar el cielo de algodón.

Lección que nos sirve a todos, para despertar de nuestros letargos, para dejar de ser espectadores de nuestra propia existencia cuando quedamos bloqueados, porque cada nuevo amanecer no puede ser como el día de ayer, sino una nueva oportunidad para levantarse y luchar con más fuerza que nunca por el propósito que cada uno de nosotros tiene en la Tierra y que nos impulsa a adquirir el mayor desarrollo personal al que todo ser está llamado, dado que somos únicos e irrepetibles.

“Si soñar es de niños, convirtámonos en bebés”.


Antonio Gargallo Gil

Autor de la serie “El psicólogo de Nazaret”

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